Gladis Díaz

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Gladis conoció a Milagro en ATE, previo al estallido social de 2001. En plena crisis servía la copa de leche en el barrio La Merced, en Palpalá junto a otras mujeres. Empezaron con unos pocos chicos en la galería de una casa de chapa. Al poco tiempo le daban la merienda a casi cien niños.

Cuando la Tupac recibió las primeras partidas de dinero para la construcción de viviendas, Gladis quedó al frente de una de las más de 50 cooperativas. “Éramos casi todas mujeres separadas, madres solteras sin trabajo. Comenzamos de cero, no sabíamos nada”, recuerda. Un maestro mayor de obra les enseñó cómo construir una casa y ellas se hicieron cargo de todo: levantar paredes, instalar sanitarios, colocar el techo.

La organización creció con un ritmo veloz e inesperado. A los pocos años habían construido miles de casas, fábricas, escuelas y centros de salud y recreación. Gladis pasó a trabajar a la sede. Se encargaba de la facturación y de mantener en regla la documentación de las cooperativas. “A veces trabajábamos hasta las 2, 3 de la mañana. Así era nuestra vida, había días que llegaba a mi casa y ya todos dormían. Cómo van a decir que los tupaqueros somos ladrones”, se queja Gladis, sentada en el patio del penal de mujeres donde está presa acusada de fraude a la administración pública y encubrimiento. “No nos perdonan que los de clase más baja tengamos luz, gas, que nos compremos la misma ropa que ellos”.

 

Con presos políticos no hay democracia.

Hoy es ella. Mañana podés ser vos.

Firmá la petición.

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