Nélida Rojas y su familia

 Nélida Rojas, “la Milagro Sala mendocina” (Foto: Coco Yáñez)

nelly01.jpgEn 2007 Nélida Rojas vio un video sobre la obra de la Tupac en Jujuy que habían traído sus compañeras de ATE de un Encuentro de Mujeres en el norte. Nélida era enfermera y delegada. Al ver el video pensó que tenían que replicar la obra de la Tupac en Lavalle, en las afueras de la ciudad de Mendoza. “Acá teníamos una situación crítica. No había viviendas ni trabajo y teníamos una altísima mortalidad infantil por falta de controles médicos”, recuerda Nélida por teléfono desde su casa, donde hoy cumple detención domiciliaria.

Un año después, cuando Milagro viajó a Mendoza, Nélida le pidió una reunión. El encuentro duró una hora y la mendocina se fue con la promesa de la construcción de cien casas. Conseguir los terrenos no fue fácil: cada vez que iba a una oficina le daban un “no” como respuesta. Nélida la llamaba a Milagro y lloraba al teléfono. “Por eso me apodó ‘La Llorona’”, recuerda entre risas.

Así nació la Tupac en Mendoza: 160 familias se juntaron y gestionaron la compra de terrenos a través del Instituto Provincial de la Vivienda. En poco tiempo construyeron, sobre el monte y el salitre, 232 viviendas, un jardín maternal, una pileta y dos aulas.
El trabajo de la organización creció y se extendió a otros nueve departamentos de la provincia. Llegaron a construir 1300 viviendas y otras 300 quedaron sin terminar cuando la justicia ordenó la detención de Nélida, sus hijas Leonela y Carla Martínez, su marido Ramón Martínez y su nuera Fanny Villegas por amenazas y coacción. Después les incorporaron nuevas denuncias por estafa y asociación ilícita. Sólo en Mendoza hay 42 miembros de la organización imputados en más de 30 expedientes.

 

Ramón Martínez, el encargado de los materiales

Ramón y Nélida se conocieron hace más de 35 años en el departamento Lavalle, donde tenían grupos de amigos en común. Juntos tuvieron ocho hijos.

Cuando Nélida comenzó a reunir vecinos para la construcción de nelly02.jpgviviendas sociales, Ramón tenía un taller de chapería y pintura con sus hijos varones y era remisero. Al poco tiempo se sumó a la Tupac Amaru: era el encargado de la compra de los materiales y de abastecer a las obras en toda la provincia. Ahora cumple prisión domiciliaria en su casa.

Es el único de los presos de la familia que no tiene tobillera electrónica: cuando le tenían que entregar el dispositivo, los efectores de justicia se encontraron con que no tenían más. Está acusado de amenazas, coacción, estafa y asociación ilícita.

Carla Martínez, la administradora

Carla es la quinta de los ocho hijos de Nélida y Ramón. Al poco tiempo que nació la Tupac Amaru en la provincia de Mendoza, con la construcción de las primeras cien viviendas, ella comenzó a trabajar en el cuerpo administrativo. Era un equipo de seis personas, entre ayudantes y contadores, que se encargaban de las certificaciones, los trámites ante el Instituto Provincial de la Vivienda y los balances.

Cuando la detuvieron junto a su familia, la Justicia ordenó que se frenaran las obras y se secuestrara todo el material de las cooperativas. “No querían que tuviéramos acceso a nada”, contó Nélida.

Luego de pasar una noche en una comisaría, Carla, su hermana Leonela y su madre fueron trasladadas al penal de Agua de las Avispas. Esa noche, después de que Nélida se durmiera, Leonela le contó que estaba embarazada. Le pidió que guardara el secreto hasta que todas dejaran la cárcel. Esa fue la última vez que se vieron. Al día siguiente le dictaron la prisión domiciliaria y ordenaron el traslado a su casa, en Lavalle, donde vive con su marido, la hija de cinco años y su bebé de 8 meses. Está acusada de amenazas, coacción, estafa y asociación ilícita.

Leonela Martínez, la hija menor

La menor de las mujeres de la familia Martínez empezó a militar en la Juventud de la Tupac en 2007, cuando tenía 15 años. Ayudaba en la copa de leche y en el armado de la murga. La ayudaba un profesor de la orquesta militar, que les enseñó a tocar la trompeta.
Cuando nació el proyecto de crear una fábrica textil en la Tupac mendocina, Leonela estuvo dos años en el taller y después pasó a ser delegada en la construcción de viviendas. Siempre vivió en la casa familiar. Hoy tiene 23 años.

El último 7 de abril Leonela tenía planeado contarle a su familia que estaba embarazada por tercera vez. No llegó a darles la noticia. Ese día la detuvieron junto a su madre, su padre, su hermana y su cuñada. Unos días después, cuando le dictaron la prisión domiciliaria (está acusada por amenazas, coacción, estafa y asociación ilícita) porque tenía una hija en edad de lactancia, tuvo que buscar una casa: la jueza no le permitió seguir viviendo en el mismo lugar que su padre, a quien también le habían dado la domiciliaria.

Leonela guardó el secreto de su embarazo durante tres meses. Nélida se enteró en junio, cuando abandonó el penal de Agua de las Avispas para continuar la detención en su casa.

Fanny Villegas, la profesora

nelly03.jpg

Una de las primeras mujeres que acompañó a Nélida en la creación de la Tupac en Mendoza fue su nuera Fanny Villegas, esposa del mayor de sus hijos.

Fanny estaba embarazada del segundo hijo. Durante el día, junto a su madre trabajaba en la cosecha del ajo; por las noches estudiaba el profesorado de Biología en el centro de Lavalle, a pocas cuadras de su casa.

En el barrio “Tupac Amaru” construyeron las primeras casas, la fábrica textil y el jardín maternal para los hijos de las trabajadoras. En esa zona de tierras áridas y salitrosas, lejos de los viñedos, la mayoría de los tupaqueros trabajaban en la cosecha de frutas y verduras. “Veía que el futuro de todos mis compañeros y compañeras era trabajar en las chacras. Y pensé: si yo pude estudiar, ellos también”. Había una dificultad: el barrio estaba lejos del centro y de los institutos educativos.

Fanny armó un listado de personas que no había terminado el colegio y recorrió oficinas de gobierno buscando ayuda para crear un aula en el barrio.

– ¿Y tienen dónde estudiar? – preguntó el director de Educación de Jóvenes y Adultos, que se interesó en el proyecto.
– Sí, tenemos un salón – mintió Fanny.

Esa misma tarde empezaron a juntar plata para construir el aula. Organizaron sorteos y bingos, vendieron empanadas, pan y pollo asado. En menos de un mes levantaron el salón, con paredes pintadas de un blanco perfecto, cortinas, pizarrón y tableros y bancos largos porque no les alcanzaba para los pupitres. Al poco tiempo arrancaron con más de cien alumnos. La escuelita suspendió sus clases el día que la Justicia ordenó la detención de Fanny.

Hoy está detenida en su casa. Al igual que sus cuñadas y sus suegros, está acusada de amenazas, coacción, estafa y asociación ilícita. Tiene una tobillera electrónica que no le permite traspasar el umbral de la puerta.

 nelly04.jpg

COMPARTÍ